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Frutas & Rosados

La llegada del tiempo cálido da paso a bebidas y cocteles con vinos espumantes blancos y rosados. Este último es ideal para mezclar con frutas y crear mezclas y distintas alternativas para disfrutar bajo

Abuela ·

La llegada del tiempo cálido da paso a bebidas y cocteles con vinos espumantes blancos y rosados. Este último es ideal para mezclar con frutas y crear mezclas y distintas alternativas para disfrutar bajo el sol.

Los rosados han irrumpido con fuerza y ganan protagonismo en épocas cálidas. El vino rosado es el más frutado y sus características únicas que hacen posible su combinación con diversas frutas, pueden dar paso a una nueva era del vino rosado en la que no se lo juzgue por su color ni por sus atributos enológicos, sino por el placer y sobre todo, el placer que brinda cuando se lo combina con frutas, como si se tratara de una bebida diferente.

Pero no se trata de combinarlas sin sentido, sino que hay que tener en cuenta las características de cada producto para que el resultado sea agradable. El secreto de una buena mezcla está en el equilibrio de los diversos aromas y sabores que surgen de todos los componentes.

En el caso de los vinos rosados hay que saber que poseen, casi siempre, un dejo de azúcar residual que los hace más amables, una acidez refrescante como la de los blancos jóvenes sin madera, los aromas y sabores primarios propios de la uva recién vinificada y una presencia leve de taninos que le dan más estructura que a los blancos pero sin llegar a la de los buenos tintos.

Para elegir las frutas adecuadas, hay que saber que los gustos básicos (dulce, salado, amargo y ácido) se pueden anular, balancear o potenciar. Dos productos dulces se contraponen. Por ejemplo, un vino rosado con más de 10 gramos de azúcar residual, quedará amargo si se lo mezcla con uvas cortadas, ya que el alto dulzor de estas frutas contrasta con el del vino y el resultado no resulta agradable.

En cambio la acidez se equilibra con el dulce. Es decir, que un vino rosado puede quedar muy bien con frutas cítricas, como las naranjas y mandarinas, o con frutos rojos, como las cerezas y guindas.

Por otra parte, lo amargo se anula con lo dulce, por eso las frutas tropicales, como duraznos y damascos pueden disimular el leve dejo amargo que le dan los taninos al vino rosado en el final de boca. También existe la posibilidad de experimentar con otras frutas como los higos, que se complementan muy bien porque aportan un dulzor delicado y el sabor propio, sin tapar los atributos del vino.

Más allá de estas cuestiones de gustos básicos, los sabores del vino y las frutas deben complementarse. Y es en este aspecto que los vinos rosados se destacan por sobre el resto ya que son los únicos que gozan de buena fruta, refrescante acidez y una leve estructura, que se redondea con un toque de azúcar residual.

Los vinos blancos varietales (sin paso por roble), en cambio, son más delicados, con menos aromas primarios y menos cuerpo, y los tintos poseen una carga tánica que los hace aptos para las comidas, pero no para la mezcla con frutas, porque resultarían muy astringentes.

En definitiva, esta propuesta sirve para divertirse, crear y disfrutar del vino rosado sin reparar en cuestiones enológicas, convirtiéndolo en una nueva bebida refrescante y frutal para beber cuando calienta el sol.

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